mi propio pueblo villambroz Saldaña palencia pueblovillambroz - Memoria reciente
PUEBLO DE VILLAMBROZ
VILLAMBROZ
Noticias
Links - Videos
Los periódicos
Galeria de fotos
Foro Villambroz
Cronicas-Eventos
Pedanía Villambroz
Casa la Villa
Ayuntamiento
Diputacion de Palencia
Villambroz, hoy
Ayer - Hoy
Situacion en Mapa
Horizonte-pueblo
La gente
Gente menuda
Ayer escolares
Antano chiguitos
Antepasados
Agrupaciones
Teleclub "Cañada"
Centro Social
Prehistoria Villambroz
Origenes historicos
Memoria reciente
Tradiciones pueblo
Blogs
Eventos pasados
Retazos historicos
Historia iglesia
Restauraciones
La iglesia hoy
Fiesta Santa Inés
Tradiciones iglesia
Lírica religiosa
Diocesis informa
Agricultura
Los Veranos
Ganaderia
Rutas y paseos
Entretenimientos
Frontón
Parque infantil
Campo de fútbol
Fauna
Flora
Humedales
Las Canadas
Rio,Campos,praos
Monte
Valles
Navas Laderas
Tierras y parcelas
Suelo Rural
Rincon literario
Lírica popular
Diccionario propio
Himno y escudos
Museo rural-agricola
Nuestro Martir
Nuestra Provincia
Palencia, capital
Saldana,Villa-Tierra
Guardo, montaña
Villada-Sahagún
Carrion
Otros pueblos
Recetas y Otras...
Dichos y Refranes
Curiosidades
Biblioteca palentina
Libro de visitantes
Trailer de la web
Mi pueblito Villambroz
Memoria reciente


 


COLOQUIOS  EN  SOL  O  EN  SOMBRA
Por AMANDO VELASCO GONZÁLEZ
VILLAMBROZ
 
8
   Sus ojos se enternecen, aflora un sentimiento puro. Es tan lastimera y patética la estampa que tengo delante, que le cojo por sus robustos hombros como a un niño que recibe instrucciones severas, y siento el alma atravesada de gozo y de dolor al mismo tiempo; curioso en verdad es esto. No encontramos ocasión ninguno de los dos para entablar conversación, debido a nuestro estado de ánimo. Él melancólico y abatido, yo emocionado. A pocos pasos de casa me viene a la cabeza Manuela, mi mujer. Llevar a casa semejante espécimen y de una forma repentina no deja de tener mucha gracia, para todos menos para ella, y me asusta un poco su reacción. Pienso como responderá al tener delante a Francisco, que puede ser todo lo majo que se quiera, pero de momento asusta. Tan pronto la veo dando un grito desgarrador mientras nos da con la puerta en las narices, como tendida en el suelo después de haber sufrido un ataque de algo. En el mejor de los casos, yo estaría tan loco como aparenta Francisco, y, la monserga que me espera no la quisiera un cualquiera. Le hago partícipe a Francisco de mis temores, añadiendo que se mire por donde se mire, es lo normal y lógico. Le prevengo de una casi segura reacción hosca, y se haga cargo de la situación para poder comprender a Manuela.
   -Muchos inconvenientes veo que le voy a dar, señor Filiberto. Nada me remordería más en este momento que tenga problemas con su mujer a cuenta mía.
   -No te preocupes Francisco. De momento echará sapos y culebras como es normal, pero verás que pronto se le pasa, y lo bien que te vas a  llevar con ella. –Metiendo la llave en la llavera se me ocurre una idea-. ¡Un momento¡ ¿Qué te parece si entro yo primero, y la voy contando suavemente el asunto? Así cuando te vea ya sabrá de qué va esto, y el susto no será tan fuerte. Ahora si, en dos minutos estoy contigo; ni te me marches ni hagas tonterías, sólo espera, que vengo enseguida.
   -No se preocupe usted, señor Filiberto. Ya me conocerá y, no tendrá ningún temor de que Francisco falte alguna vez a su palabra. ¿Qué pasa; ahora no puede abrir?
   -¡Pues claro que puedo abrir¡ A todo esto, yo no recuerdo haberte dicho mi nombre.
   -Es normal que no lo recuerde, no lo hizo; me enteré en el bar cuando le llamaron para jugar la partida, ¿no lo recuerda?
   Teniendo ya la puerta abierta me dispongo a entrar con las precauciones propias de casa extraña.
   -¡Ah… ya caigo¡ Lo dicho, espera ahí.
   Al entrar oigo a mi mujer trastear con el menaje de la cocina; debe ser que está poniendo la mesa para la cena. En seguida que me ve pregunta:
   -¿Quién viene contigo  Federico?
   -¿Cómo? –se me escapa al creerme pillado “in fraganti”
   -Pues que el charloteo que se oía no creo viniese del bar.
   -¡Ahí quería llegar¡ De eso precisamente tengo que hablarte muy seriamente, y sin perder tiempo a ser posible.
   -Tú me dirás.-Dejando su ocupación se enfrenta a mí y me mira curiosa-. ¡A saber qué te traerás entre manos¡
   -¿Sabes de un hombre que anda por el pueblo, que parece un vagabundo?
   -Lo parece y lo es. Yo no le he visto pero he oído algo del tema. ¡No me digas que le pasó algo, o que ha hecho alguna trastada…¡
   -Ni una cosa ni la otra, mujer mía. Pasa que viene a nuestra casa, que le vamos a socorrer, y como digo vamos quiero que me ayudes en esta empresa. No te arrepentirás, ya sabes que la ley de Dios…
   -¡Que ley de Dios ni que ocho cuartos¡ -En esto me espero la lluvia de improperios correspondiente. Baja la voz y sigue-. A donde tienes a ese señor, si puede saberse.
   -Fuera esperando, mientras te contaba el asunto para no cogerte desprevenida.
   -Pues dile que pase-me dice tranquilamente sonriendo ante la sorpresa que me causa esa aptitud comprensiva y bondadosa-.
   Salgo a comprobar si Francisco sigue fuera esperando, y ante su visión le pido que se quite el gorro, para mejorar su aspecto. Como me parece que su cabeza es un nido de víboras, que deseosas de la ansiada libertad intentan escapar por doquier, le exhorto que mejor se vuelva a poner el gorro.
   -Pasa Francisco. Comprobarás por ti mismo la mujer que tengo.
   -Buenas noches señora. Yo no quisiera molestar, pero su marido…
   -Si ya lo sé, de lo que no hay es mi marido.-Sonriendo se limpia las manos en el mandil para estrechar la del forastero-.
   - Mucho gusto señora; si no Dios yo se lo pagaré tarde o temprano.
   -Lo primero será que se lave en condiciones, así pues venga conmigo y métase en la ducha. Luego se pondrá un pijama limpio de mi marido. Cuando tenga que frotarse la espalda no tiene más que llamarme. A ver que me trae…-Coge la mochila y se pone a deshacerla-. Mañana meteré en la lavadora todo esto.
   -Si hay que frotarle la espalda ya vengo yo.- Replico no viendo con buenos ojos que mi mujer frote la espalda al forastero-.
   -De qué me voy a asustar a estas edades, ¿eh Federico? –A carcajada limpia se dirige a la cocina-. Voy preparando la cena mientras te ocupas de nuestro invitado. A propósito, no nos has presentado, ¿cuando piensas hacerlo?
   -Por el momento baste decir que me llamo Francisco.
   -Mi mujer Manuela- me apresuro a decir-. Una señora como la copa de un pino; y más buena que el roscón de Reyes.
   Mientras nuestro huésped entra en el baño, yo sigo a Manuela a sus dominios, entre ollas y fogones. Con voz muy queda y clara me habla sin dejar de trajinar:
   -¡Pero hombre, vaya ocurrencias traer a casa este hombre¡ ¡No debe haber nadie en el pueblo más que tú para alojar a un vagabundo, supongo¡
   -¡Qué podía hacer¡ Me dio tanta pena…; además, no es un vagabundo cualquiera.
   -¡Hay que corazón tienes Virgen Santísima¡ No te he fallado nunca y descuida que lo haga ahora. Si quieres ayudar a ese hombre lo ayudaremos, cuenta conmigo, ¡faltaría más¡ -y soltando una graciosa risotada deja los platos y viene hacia mi rodeada de un hado sublime, que me llega al alma, y me hace una y otra vez dar gracias a Dios-.Así que te me vas a volver de parte tarde celosillo, eh…
   Mientras la sonrío con fruición, la rodeo con mis brazos amorosamente y, el haz de luz de la bombilla proyecta una sombra que bien pasaría por escena de recién casados.
   -Es que eres la caraba. A nadie se le ocurriría decir a un hombre como Francisco, recién entrado a casa que le frotas la espalda; desde luego…
   -¿No le has traído para eso? Además, si no iba a mirar…, tontín. –Me da un pícaro beso, y coqueta sigue con su trabajo de preparación de la cena-. Mientras ve tú a atender al huésped.
   -No te preocupes cariño, que del huésped yo me encargo.
   No puedo menos de sonreír cuando llegan a mis oídos las graciosas carcajadas que de la cocina vienen, como un ente dulcemente contagioso. Pregunto a Francisco a través de la puerta del baño si necesita alguna cosa, y responde que le falta poco para terminar. Le replico que se tome su tiempo no habiendo prisa como no hay. Vuelvo a la cocina, y Manuela, advirtiendo mi presencia pero sin dejar de mirar la sartén…
   -No sé si a este hombre le gustará el chicharro. Le sacaré un chorizo también, no se quede con hambre y por vergüenza no lo diga.
   -¿Hay sopas de ajo? Ah,  las tengo delante; si es un perro me muerden.
   -Las hice para gastar el pan duro, por no tirarlo. ¡Comemos tan poco que se amontona¡ ¡Ay…¡ Vaya tonta que soy, por favor, que susto.
   Mirando a mi mujer comprendo que algo grave sucede; dirigiendo la vista al mismo punto que ella, o sea a la puerta, se me aparece un señor de rostro claro, líneas perfectas, destacando el corte estilo clásico de la nariz, y labios finos. Desaparecido el gorro y asentadas las greñas húmedas, trabajo cuesta reconocer a Francisco. Sus ojos marrones poseen gran expresividad, y un puntito de melancolía. Una ligera sonrisa algo turbada se dibuja en su cara.
   -¡Hola, hola…¡ Por un momento pensé que llegaba el demonio, y mira quien es. –Pasada la sorpresa rio con todas ganas recordando la reacción de Manuela, la cual se incomoda un poco, por considerar que semejante hecho no tiene gracia-. Hombre, ¡el cambio que dio usted sin barba¡. Ya ve que a mi mujer le gustaba la barba.
   La risa que suelto a su libre albedrio contagia a Francisco que brilla el genio de sus ojos.
  -¡Que risas mas tontas hijo¡ Lo que menos creí  es que se habría afeitado. Ya me podrías haber dicho que le habías dejado la máquina para afeitarse.
   -Sé lo mismo que tú, mujer. El tema de los afeiteos lo dejaba para mañana.
   -Tengo unas maquinillas en la mochila que uso cuando tengo ocasión. No me gusta la barba, pero no tengo otro remedio que dejarla crecer. Hasta hace unos meses me afeitaba todos los días. También usaba traje y corbata.
  -Eso, eso; siéntese y empiece a contar. Toda historia comienza por el principio, por lo tanto comencemos.-Complacido me dispongo a servir la sopa y a no perder detalle al mismo tiempo-.
   -Déjate de historias por hoy, que este señor tendrá más ganas de cenar que de contar historias. –Ante mis protestas exclama la señora de la casa-. Y luego hay que ver la tele; ya sabes que esos debates no me los pierdo por nada del mundo.
   -¡Y quien te quita que veas lo que quieras¡ Nosotros a lo nuestro, ¿verdad Francisco?
   -¡De eso nada¡ Yo también quiero enterarme, que barrunto un relato más interesante que cualquier novelón.
   -Descuiden ustedes, pues mañana conocerán mi vida como yo mismo. –Se sonríe como un niño que tiene delante unos caramelos a su disposición, mientras da buena cuenta de la sopa-.
   A este buen señor (hablo de Francisco), no le podía haber amanecido mejor el día. Con su vida en caída libre, ya en el fondo de la inescrutable sima…; pero no, faltan peldaños que bajar aún. No lleva una vida anomia, respeta las normas, presumo que intenta pasar desapercibido, a pesar de su orgullo resentido  que le habrá jugado malas pasadas, como la del libelo anónimo. Él ha vislumbrado un rayo de luz en el túnel donde se haya, y creo intuir un ánimo agradecido. Se muestra agradable, amable y cortés. Por suerte para todos, su alma estaba oculta tan sólo de una capa de polvo, que si bien ello por sí mismo no marcha, bastó una pasada con la mano para restablecer su espíritu. A base de años esta capa de polvo, se convertiría en algo tan duro, que ni con maceta y cortafríos se quebraría. Sería un hombre perdido para siempre. Si no me engaño, este hombre  salvará, y cojo como prenda su extraordinaria sensibilidad. Su aptitud denota bonachonería que nos predispone irremisiblemente en su favor, como un imán sigue las leyes de electromagnetismo.
   En el curso de la transmisión del debate, nuestra sorpresa es mayúscula al comprobar, por comentarios y preguntas de mi mujer, de los bastos conocimientos de que hace gala, en muy diversos temas. Da igual de lo que se trate, siempre ofrece una opinión contrastada, entendida y respetuosa. De notar es su especial conocimiento de la economía y la política. También demuestra estar al día de las noticias de actualidad, de España y del mundo; de sus gobiernos  y de sus políticas; de su geografía y de sus costumbres. Ante semejante cultura, expresada en avezada elocuencia, de palabra fácil y extenso vocabulario, ¿quién no se preguntaría a qué se debe semejante incongruencia? ¿Cómo puede ser un vagabundo con esos conocimientos tan amplios?
   Voy notando la fatiga en su rostro. Ímprobos esfuerzos le cuesta impedir el bostezo. Manuela se percata también,  le pide que le siga para enseñarle su habitación, y en poco tiempo nos encontramos acostados. Mi mujer bien poco tarda en dormirse, pero el sueño, esta noche, no se digna visitarme. Paso en dulce vela buena porción de tiempo pensado en lo increíble del hallazgo, y sobre todo, de lo que resultará de ello. Parece que la consciencia, dueña de mi ser, se aferra al éxtasis que siento y ahuyenta el sueño, para eternizar el goce. Pero, al fin, la somnolencia se impone al pensamiento reedificador, y lentamente me sumerjo en las profundidades de lo desconocido.


 
 
7

Columbro a un grupillo de jubilados en la carretera, y por ende, la manera de ponerme al día en los últimos sucesos acaecidos  en el pueblo. No dejan de ser estos grupillos ociosos el mejor noticiario de actualidad; y no solo de ámbito local; que abarcan sus corresponsalías toda la magnitud del orbe, y aún de la galaxia. Cuando me acerco observo que el coloquio se encuentra en un punto álgido, por el embolismo que se practica, que amenaza con producir infructuoso el debate. De la jerigonza propia de los rústicos pueblos de Castilla, no me es difícil inferir el tema que se encuentra en la palestra, además de otros que por la controversia salen a relucir sin ton ni son.
   Carlos, que a media voz no logra hacerse entender, decide aumentar la vibración de sus cuerdas vocales, para así no tener que esperar el fastidioso turno.
   -Pero vamos a ver…,! quien narices piensas tú que del pueblo se pueda entretener  en poner esas cosas¡ Del pueblo no es el que…
   -Los que no van a venir son los de Terradillos, ni los de San Llorente a poner anónimos a Villambroz.-Le interrumpe Honorato, al que trabajo le cuesta poder terminar-.
   -¡Que no hombre no¡ Del pueblo quien va a ser, si nadie ha pedido parcelas, ni se ha oído nada,-dice Alberto-.
   -¿Quién va a ser?, pues cualquiera; el que menos te lo esperas.-Inserta Jeremías que se le escapa la sonrisilla socarrona-.
   -¡Como no sea algún chiquillo…¡
   -¡Si hombre; no los hay, cómo van a … no me fastidies Federico por favor¡ -Esta objeción de Pablo es bien acogida como aplastante por la mayoría rezongona-. Y aunque les hubiera fíjate, ¡no tienen otra cosa mejor que hacer¡
   -Bueno…bueno, que donde menos te lo esperas salta la liebre. -Las pobladas cejas de Federico parecen dignos espantamoscas-. Creía haber visto de todo en esta vida, y mira por donde, esta mañana me encuentro de frente en la carretera de Villarrabé con un paisano que válgame Dios la facha que traía. No conté que se estilaba este tipo de gente en estos tiempos.
   -¿Y eres tú el que tanto ha visto? –dice Carlos con ligero desdén-. Que no hay piezas por el mundo sueltas ni nada… madre mía.
   -Ha mermado mucho esta gente, porque allá antes, hace muchos años quiere decir Pablo, aparecía cada poco un pobre. ¿Echamos a suertes a ver quien le recoge?- Con dos dedos de cada mano fuera de los bolsillos, por no tener éstos cabida para más, continúa.
   -Pensándolo bien, se le podemos encasquetar a Honorato que está deseando tener compañía.
   El aludido sale de su silencio impelido por el jocoso comentario de su alma gemela. Sigue la broma buen conocedor del carácter de Pablo.
   -Tan solo te encuentras tú como yo, amigo mío; así que te cedo el honor, no sea me vaya a desaparecer algún que otro millón de los que tengo debajo de la baldosa.
   -No estarás descalzo, pájaro,
   Le espeta Jeremías frotándose la calva con la boina-. Carlos, que siendo amigo de esta clase de lances, le increpa dándole un empujón amigable.
   -¡Quien fue a hablar¡ Tendrás dinero en reales, medio carcomidos, que no te los cambiará ni el banco.
   -Si les tendría ya los habría cambiado, no te preocupes.-A Damián de esas cosas se le tiene por entendido, no en vano maneja letras y números como la guadaña un segador-. Aparte que a Jeremías le tengo por muy listo y no tiene dinero en casa, pero sí muchas acciones.
   -Para quedarte sin nada es lo mejor. ¡Venga ya¡ los que tanto tenéis echar mano al bolso y convidar algo de una jodida vez, que de pedir me encargo yo.
   Espoleados por la sugestiva proposición de Carlos, enfilamos todos para el bar; no sin alguna zozobra de Honorato, que él solo metido en tal tesitura, echaba de menos la mengua que iba a dejar en su suelto el convite. Por la reacción de los primeros en pasar al bar, caigo en la cuenta de que hoy el tabernero no está solo. No más hago que entrar y mi asombro me detiene obstaculizando el paso. Repuesto algo voy al extremo de la barra, donde medio vaso de vino espera su final sujeto férreamente por una mano llena de roña. El vaso es vaciado por una abertura entre la barba. Como incomodado por nuestra llegada, se gira hacía su casa que en el suelo está, con intención de marcharse, y yo le ruego que no se vaya sin dejar que le invite a otro trago de vino. Ante semejante tentación vuelve a acomodarse en su taburete, sin desplegar los labios ni acercar la mirada. Como una estatua pétrea, espera impasible con el pensamiento y la mirada perdidos en sabe Dios donde.
   -Filiberto vamos que hoy el asunto anda caliente, -me apremian para formar la partida-.
   -No, déjalo que no juego hoy.
   Al decir esto me acerco a ellos, y cuando me vuelvo al forastero veo su taburete vacio. Está el hombre recogiendo el cargador de un teléfono móvil que lo tenía conectado en un enchufe apartado.
   -Ponme a mi una cerveza y a este señor lo mismo, Matías.
   -Deme una cerveza si no le importa, por favor.
   -Usted perdone, pero como lo que estaba bebiendo era vino…
   -No se fie usted de las apariencias. Bebo vino cuando no me queda otro remedio, pero ya que me invita prefiero cerveza. Se lo agradezco de corazón, que lo sepa; y también que le devolveré el favor. –Después de un rato sin yo poder articular palabra sale en mi ayuda-. ¿Es que no conoce el cuento del león y el ratón? –Como no salgo de mi particular asombro continua-. En cierta ocasión un león respeta a un ratón y le perdona la vida. Este último le promete devolverle el favor entre las carcajadas del  león que no ve forma de que tal cosa pueda suceder. No tardó en comprobar lo equivocado que estaba. El león cayó prisionero en una red, y el ratón le salvó la vida cortando la trampa con sus afilados dientecillos.
   -No se lo tome a mal, pero al verle con el teléfono…
   -¡Ah…acabáramos¡ ¡Cómo un vagabundo puede llevar móvil¡¿no es eso? -Quiero decir algo pero me corta -. No se preocupe usted, estoy bastante curtido, y por otra parte, le entiendo perfectamente. Sepa usted que este teléfono sin saldo es lo único que me queda, no es mucho ¿verdad?
   -Juraría que como usted apunta, no es lo que parece.-Noto en sus ojos cierta sonrisa forzada-. Si no es mucha indiscreción me gustaría saber hacia donde se dirige.
   -A Badajoz.
   -Pues anda que no cae lejos eso.
   -Si, sobre todo para mí.
   -Y en ese Badajoz ¿que tiene?; ¿por qué quiere ir allí?
   -Solamente un tío carnal, lo único que me queda en este mundo.
   -¡Como es eso, no tiene más familia¡
   -Ya se lo he dicho.
   Estas palabras sacadas a remolque no son suficientes para satisfacer mi inagotable curiosidad. Me hice ilusiones de que este hombre podía ser más comunicativo. Me propongo por todos los medios hacer que recupere la locuacidad que antes apuntaba. Esto me supone una necesidad insuperable. Lo que antes era simple curiosidad, se ha trasformado en avidez casi patológica por conocer la casi seguro, patética historia encerrada entre esas greñas. Pienso la forma de conseguirlo, pero se me embota la cabeza. Al fin decido mostrarme ladino; no quiero apotegmas e intento darle confianza para que deje de estar en guardia contra mí. Para empezar le pregunto su nombre que todavía no conozco.
   -Señor, no nos hemos presentado. Me llamo Filiberto, y usted…
   -Yo me llamo Francisco, y perdone que no esté  todo lo agradable que desearía.
   -Y cómo es que anda usted por estos terrenos. De donde viene usted, que como pienso va de paso hacía Badajoz.
   -Por bien pagado puede darse de la cerveza a la que me ha invitado con lo que ya le contesté.
   -Antes dijo que el teléfono móvil es lo que conserva, ¿de qué? ¿De una vida radicalmente distinta quizás?
   Con aire de fastidio apura la cerveza, se levanta y se dispone para coger su casa. El fracaso  me cae sobre la cabeza, se marcha, no me contará nada más. Intentando entrarle suavemente, resulta que le espanto con mis preguntas demasiado profundas. Maldigo las tácticas, a partir de ahora lo haré espontáneamente, pues a pesar de todo no me doy por vencido. Viendo que se marcha sin atender a razones, le cojo del brazo como un padre enfurecido haría con un hijo desobediente, y una vez en la calle le increpo de la siguiente manera:
   -¡Vamos a ver caballerito, vamos a ver¡  -A juzgar por la cara de espanto de Francisco, puedo ver la mía, que no distaría mucho de la de un troglodita herido en las uñas-. Resulta que llega a un pueblo donde no encuentra más ayuda ni consuelo, si no es la de este pobre viejo; porque eso es lo que intento señor mío, ayudarle si usted no es tan pazguato y necio que me lo impide. Le ofrezco ayuda y la rechaza, pero cuando usted la pide y no se la dan me manga la marimorena con el anónimo de marras. Señor mío, lo que suele pasar con esas bromas es que el vecindario se enemiste; que si fue este, el otro, Fulanito o Menganito. Así que se me comporta usted en adelante, o de lo contrario, le daré tal puntapié en el trasero, que a resultas tendrá solucionado su viaje a Badajoz, y aun habrá de desandar lo volado.
   El poco rostro visible de Francisco se torna de la palidez que deja pasar su curtida piel, al rojo más encendido si no fuera por la roña. Compungido y asombrado, intenta con mala dicción decirme algo.
   -¿Cómo sabe lo de…? quiero decir… me vio la otra noche…
   -No te esfuerces, muchacho. No lo sabía hasta que tú no lo has dicho.
   -Entonces… no entiendo.
   -Pues es muy fácil hombre. Después de unas averiguaciones sospeché de usted, y a riesgo de meter la pata hasta el mango le tendí la trampa, en la cual cayó como un corderillo. Yo sospechaba; usted se delató, de lo cual deduzco que es usted honrado, con conciencia. ¿Sorprendido? Como bien dijo usted antes, no conviene fiarse de las apariencias.
   -Y  desea pasar de las deducciones a las concreciones. No tenga cuidado, yo le haré saber todo lo que quiera y más incluso.  Eso sí, mañana; que hoy es tarde y dentro de poco tendrá que cenar.
   Satisfecho del resultado de la engañifa cruelmente practicada, decido seguir con la línea dura. Infiero pasar al trato afable y cordial inicial, de forma gradual. Veremos lo que consigo.
   -Usted hará bien en obedecer. Cenaremos no sin antes darse un buen baño que falta le hace… no me interrumpa, y por el camino a mi casa haremos boca de eso prometido.



6

 

   -Buenas tardes Romualdo. Qué, preparando antes de que llegue la “renfe”

.
Lo de la “renfe” es una ocurrencia de Federico sobre el rebaño de ovejas, y tiene que ver sobre las idas y venidas al campo para pastar-. Ese pienso tiene algo trigo envuelto, ¿no?
   -Hombre Filiberto, hacía tiempo que no se te veía; como no voy con las ovejas como antes…

Si echábamos unas buenas parladillas allá por el campo cuando iba con las ovejas, . Coge el saco lleno hasta tres cuartos, con una mano por arriba y la otra por abajo, lo inclina sobre la canal hasta que cae lo que quiere, y a la vez va pasando el saco por toda la canal andando más o menos deprisa según la cantidad de grano que desea que coman las ovejas. Haré notar por si hay alguna duda, que los años han conseguido una admirable precisión en esta maniobra, como en todas que se practican a diario y con gusto-. ¡No te vayas a pensar que esto no es más que avena, amigo mío¡ - Habla y trabaja con una celeridad pasmosa-. Esto tiene sobre un quince por ciento de trigo, y aparte, bastante soja que tiene muchísima proteína. No te creas que van en balde, no.
   -¡No hay más que verlas¡ Estas tus ovejas abultan el doble que las de antes; encima de malas no se las daba de comer, ¡qué iban a dar¡ -La cachaba se agita en el aire por exigencias de la conversación y por que no tiene mejor cometido que desempeñar-. Claro que así darán.
   -Si dan si; disgustos.-

Me mira Romualdo sonriendo mientras sube y baja la cabeza ligeramente-. Ya sabes lo que dice Federico: “con estos animales son más los sufrimientos que los rendimientos”, y tiene toda la razón. Mira; si me pagaran las horas que meto en el corral… ¡No me quejo ¿eh?¡ De sobra sabes que trabajando soy más feliz que el que está en el bar echando la partida. ¡Pero vamos, no deseo esto ni a mi peor enemigo¡
   -Esto lo mamaste, y eso se nota.
   -Y tanto que lo mamé, pero no sólo influye eso.

Otros también lo mamaron y huyen de ello como de la peste. ¡Cada quien es de una manera y es bobada¡ Mirando no puedo estar, me es imposible.
   Viene hacia mí con el saco ya vacío para dedicar un rato a la visita, que en este caso soy yo, y el rato le saca aunque no lo tenga.
   -¿Querrás creer que esta mañana cuando fui al tendejón donde tengo la paja a soltar a los perros, me encuentro a uno durmiendo? ¡No veas cómo roncaba el tío¡ No sabía que hacer; si llamarle, dejarle o ir a por la escopeta. Al final me dije que lo mejor sería no hacer nada, no vaya a ser que le eche y luego me prepare alguna.
   -¡No me digas¡ ¿Tenía por casualidad barba larga, una mochila grande y de unos cuarenta años?
   -Pues sí; pero ¿cómo lo sabes?, o es que le has visto tú, -me dice asombrado-.
  -No le voy a ver si pasó por delante nuestro y nos preguntó si había una tienda. 
  
   - No me digas más. Este es un vagabundo que anda por aquí de paso y mejor…
   -Oye Romualdo, me dan ganas de espiarle y seguirle para ver si viene y charlar un poco con él.
   -Pero tú estás loco o qué. ¡Sabes bien lo que dices¡. ¿Acaso no piensas que te puedes encontrar lo que no buscas? Te puede clavar una navaja, vete a saber… Si no te conociera diría que estás de broma.
   -¡Por suerte me va a clavar la navaja, no faltaba más¡ Hablas como una vieja de las de antes. Bueno Romualdo, que no te quiero entretener más, no sea que venga la “renfe” y no tengas las canales preparadas. A todo esto, la caza ya se termina ¿no?.
   -Falta poco. Total para lo que he ido este año… Por la afición que tengo; pero si es que no tengo ni tiempo.
   -Cómo lo vas a tener con lo apurado que andas siempre. No entenderé que tengas un rato y lo dediques en dar patadas por las tierras en vez de descansar. Eso queda bien para un oficinista que todo el día lo pasa sentadote, pero uno como tú…       
   Hace ademán de marcharse pero no acaba de irse. Le noto pesaroso por no poder dar más cumplimiento.
   -A mí la caza es algo que me gusta por vivir. No tengo más vicios que la caza y el futbol; aparte del de trabajar, que no sé si será vicio o qué.-No puede evitar mostrar su entusiasmo hablando de estos temas-.
   -¡Que todos los vicios fueran como esos¡ Bueno Romualdo, ya hablaremos en otra ocasión. Ahora vete a lo tuyo. ¡Hasta luego…, hasta luego¡
   Hube de dejarle con la palabra medio en la boca, por miedo a que de otra manera no me soltara. Amén de los quehaceres perentorios que siempre acucian a este hombre, yo no tengo otra cosa en la cabeza que lo de llevar a efecto mi inusitado plan. Para ello me voy a dar un recorrido por el pueblo, pensando que si es preciso, preguntaré a la gente, sin desvelar mis intenciones, porque no piense nadie que el riego sanguíneo no llega en las debidas condiciones a mi cerebro. Cosa que por cierto, ni yo mismo estoy en condiciones de asegurar que no sea cierto.

 

5
  

Mire Anselmo, que tipo tan raro. ¡De donde saldrá ese elemento¡
Nos encontramos a la altura del puente de Villambran, y a unos cien metros viene la figura a la que antes aludí. A medida que se acerca mi espanto va en aumento.

   -De por estos pueblos no es, desde luego, -dice Anselmo gravemente-.

   “Menos mal que has dejado de reír, pájaro,” pensé para entre mí. El esperpéntico personaje se le puede encasillar como vagabundo, pobre de aquellos de antes que tan a menudo se veían. Cuando llega a nuestra altura nos pregunta casi sin mirarnos:

   -¿Hay alguna tienda en este pueblo?
   -Pues si señor.-Como espera más detalles y no pregunta, le aclaro- en la principal calle de entrada por la carretera de Saldaña, allí verá usted el cartel.
   Sin decirnos más siguió su camino, y a nosotros nos dejó perplejos. Era un hombre joven, de unos cuarenta años, que bien pudiera ser incluso menos, si tenemos en cuenta su lamentable aspecto. Alto, atlético, proporcionada su forma corporal y sus líneas faciales. Ojos marrones que irradian cierto patetismo, furia apagada y algo similar a honradez. Su frente exenta, ni siquiera de ligeros surcos, y su nariz correcta como una escultura griega. Su tupida barba morena, de dos meses por lo menos, y su greñuda cabellera esconden todo lo demás. Se cubre con un gorro de lana de color negro con una franja gris, mal encasquetado. Abrigo de plumas azul oscuro con otros colores en piezas de adorno, de estilo joven; pantalones vaqueros deslucidos y rozados, camisa de cuadros de leñador y jersey de cuello alto. Sus zapatillas de deporte, raídas y con la suela algo despegada, se alejan acompasadamente dejándonos ver la mochila que sobre sus espaldas porta. Diríase que su casa la lleva a cuestas, y que de no estar tan andrajoso y desharrapado, bien podría pasar por un peregrino intentando hallar el camino. Harapiento y desaliñado, pero…si le vieran mis ojos arreglarse ¿creería yo que mis ojos no me engañaban? Un halo misterioso envuelve a ese señor, y yo pagaría un precio alto por desentrañarlo. Hago a Anselmo partícipe de mi pena por ver a un joven hecho semejante adefesio.
   -Tienes razón, es una auténtica lástima. Tendrá problemas de drogas el pobre. Ahora, tiene toda pinta de ser un ilota. ¡Qué lo vamos hacer, tendrá que ser así¡
  Con el alma torturada ante la visión de semejante desgracia andante, seguimos adelante llevados por la inercia de nuestras piernas. Claro que desgracia; para sí mismo en primer lugar, para su familia y para su país, que un hombre joven y productivo en ese estado es un fracaso para la sociedad. Pensando los dos en la peculiar historia que sin duda arrastra ese hombre, caminamos en silencio, solo roto por las exclamaciones de alarma que nos arrancan de nuestros pensamientos divagantes. Ensimismados, no advertimos la presencia de tres mujeres en paseo de vuelta, ya que la hora de comer se acerca. Daniela, Conce y Sole, la que primero habla, dan clara muestra de su nerviosismo.
   -¡Habéis visto a ese hombre las pintas que tiene¡ Te digo de verdad que me ha dado miedo. ¡Quien será, Dios mío¡ No ande por aquí para mangar alguna…
   -¡Qué va a mangar mujer¡ Es un pobre hombre como los que venían antes de vez en cuando, ¿o es que ya no os acordáis de aquellos pobres que pedían por las casas?, -contesta Anselmo quitándome la palabra de la boca-. No tengáis miedo que parece inofensivo.
   -¡Cómo no vamos a tener miedo con un hombre de estos por el pueblo¡ Yo, digáis lo que queráis, pero no estoy tranquila hasta que no se marche con mil “padesantos”.-Conce prosigue con vehemencia-. El otro día la Nata me dijo que un hombre con unas barbas terribles llamó a su casa pidiendo dinero o algo así, y que como no se lo dio, pues que no le debió de gustar mucho, no creas. Lo contaba atemorizada la mujer, y no es para menos. Si llama a mi casa le tranco la puerta fíjate…
   -¡Hombre… no seáis así¡ Tiene trazas de necesitarlo de verdad.
   -No digas bobadas Filiberto, que luego bien fuman y de todo; y eso que no tienen qué comer.-Daniela no ve más allá de lo que tiene delante de los ojos, ni aún eso-. Estos mangantes no están más que a mangarla, te lo digo yo.
   -¡Qué vas tú a saber¡ -contesto algo irritado-. Si no se mete con nadie habría que echarle una mano, y no de casa, es lo que pienso.
   Conce, de Concepción, prototipo de los desmemoriados remata:
   -Yo, si por mi fuera, daba parte a la Guardia Civil; ¡vaya barbas y qué pelazos¡
   ¡Cómo hemos podido llegar a este afelio sobre la razón y en tan poco tiempo¡ ¿O es que hemos de deshumanizarnos más aún, por habernos salido de la órbita que asegura la vuelta al orden, condenados a una línea recta que nos impedirá volver sobre nuestros aciertos, en vez de utilizarla para no caer en nuestros errores? ¡Cómo se puede ajar a alguien sólo porque nos incomode sus greñas o sus desventuras¡ Si no es malo terminaremos por hacerle nosotros. Asaz de estas y otras inferencias chuecas, llegados al pueblo, me meto en casa siendo ya hora de comer.
 
4
  
      Estando a principio de febrero, en el que se está un rato al sol y otro al humero, un día de los que se puede estar al sol por lo claro y bonancible, salgo de madrugada al leñero que tengo pegando a casa para hacer un poco leña, y pasar el rato entretenido. Rebasado el solsticio en casi dos meses, la claridad del día se alarga de forma muy notoria. A pesar de que han de quedar jornadas de crudo invierno, el espíritu se abre como la crisálida; aumenta el optimismo tanto como mengua la tristeza, dan ganas de salir, de pasear, de charlar, de gastar, de vivir…Será por eso que cojo el hacha con demasiadas ganas, no dosificando el esfuerzo como se debe, tratando con un cuerpo que no hizo tamaño esfuerzo hace lustros. Por esto, o por la cantidad y dureza de los años pasados, el caso es que bien pronto vi trocadas las ganas de trabajar por las de pasear; y como estando en una etapa de la vida en la que estos lujos uno se los puede permitir, recojo la leña cortada y doy rienda suelta a mi deseo caprichoso. Bien pronto constato que otros tampoco opusieron mucha resistencia en la lucha decisoria entre el trabajo y el esparcimiento. Distingo un grupillo de jubilados en la carretera que charlan con gran parafernalia. Encamino mis pasos para unirme a ellos con viva curiosidad.
   Me quedé sorprendido del tema del cual trataban, y que no era otro que la aparición de un anónimo en el cristal de la puertecita donde se clavan con chinchetas los edictos. El tal pasquín, al parecer, lo escribieron con un rotulador negro, y hace alusión al tema de las parcelas. Ni corto ni perezoso vuelvo sobre mis pasos para ver con mis propios ojos el nefasto escrito. Anonadado ante la visión de la obra anonimia, doy por cierto el hecho que no me acababa de creer. Me acerco a pocos centímetros con el afán de estudiarlo escrupulosamente. Me dedico primero al mensaje, y observo que efectivamente, hace mención a las parcelas, pero sin mucha propiedad; algo no encaja. A fuerza de leerlo varias veces, caigo en la cuenta de que no sólo se trasluce clara aversión al pueblo (sobre todo a la gente), sino que creo ver en ello el verdadero motivo del escrito. Según mi parecer, el mensaje estaba desvelado, pero, ¿quién podría ser su autor? Para dar alguna luz al caso, me fijo en la ortografía y caligrafía. Nada incorrecto, a excepción de la carencia de comas. Bien pudiera ser que aún siendo buen escribiente, el temor y la prisa, le obligasen a ello. No hubiera temor si la hora elegida habría sido estudiada de antemano, ya que es casi imposible ver a nadie bien entrada la noche. Si quitamos el temor a ser descubierto, la prisa no tiene sentido. Los rasgos caligráficos los veo claros, bien definidos, con fallos de práctica, es decir, como de alguien que ha escrito mucho y muy rápido. También pudiera ser que esté acostumbrado a mandar mensajes con teléfonos móviles, y por lo tanto, a cometer los más irracionales y esperpénticos atentados contra la ortografía. Las letras van decreciendo en tamaño y en ortodoxia de ejecución a medida que avanza la línea. Paréceme este detalle muy importante, ya que me da a entender, que estamos ante una persona inconstante y con escasa fe en si mismo. Concluyo que sólo un chico joven encaja con esa escritura, y que ha de ser del pueblo; pero eso es imposible. Apenas si hay jóvenes, y no tienen motivos para despotricar esa sarta de sandeces. Doy por terminadas las pesquisas con la cabeza atestada de datos y una retahíla de sospechosos dando vueltas en ella.                         
   Con afectación detectivesca me vuelvo a la carretera donde dejé el coloquio, pero en la intersección con la calle Real, cambio de idea; sigo dirección contraria para que nada estorbe a mi único afán en este momento, que no es otro que pensar en tan extraño suceso. Calle arriba, a la altura del frontón, distingo a lo lejos, por la carretera de Villambran, una figura con cortadura de gran prosopopeya. Camino deseando no encontrar a nadie, y no cortar el hilo de mis conjeturas en punto tan interesante. Nuestras trayectorias se cruzan en el arranque del camino Villota, con ventaja para mí. Como quiera que la figura apretase el ritmo con intención de alcanzarme, hube de resignarme a pensar en el caso en otra ocasión.    
   Un sucinto saludo por la espalda proyectado, me obliga a detenerme y mirar atrás.
   -¡Alto ahí, Filiberto¡
   -Buenos días Anselmo; que… dando una vueltecilla.
   -¡Pues si¡ Digo…, a este tío ¿que le pasa hoy? Te llamé antes y tú nada, ni te enteraste. Menos mal que tengo buena pierna; en otro caso no te pillo.
   Este hombre, aún de mi descuido descortés, aparenta todo buen humor, afabilidad, probidad y optimismo. La voz fuerte, profunda; contraria a la que saldría de un eunuco, avezado cuidador del serrallo. Cabeza bien poblada y entrecana, ya que rondará la jubilación, y con muchas letras dentro. Cara correcta, equilibrada, sumamente risueña y bondadosa. Por su nariz, se deslizan unas antiparras aviesas y rebeldes, que han de ser puestas en su sitio a menudo mediante un golpe del dedo corazón, acompañado de un levantamiento de cejas exagerado. La estatura supera los ciento setenta centímetros, de complexión atlética y engrosado su tronco. 
   -¡Qué…¡ a tomar el aire puro del pueblo,-le digo con sincero afecto-.
   -Si señor, el aire puro y la tranquilidad, que es tan importante o más.
   -Bien hombre, bien,-contesto algo afectado ante la inmensa calidad humana de quien es compañero de paseo-. Siempre que puede se escapa para hacernos una visita.
   -Tú lo has dicho, Filiberto. No te imaginas las ganas de venir al pueblo, sobre todo cuando tengo temporadas de mucho agobio. En cuanto llego aquí, me desaparece el estrés y la tensión.-Su rostro es la expresión del goce-. No se sabe lo que valen estos pueblitos, hasta que no se vive en las grandes urbes.
   -Hombre, es su pueblo, y nació y se crió aquí.
   -Claro está que tira mucho, por ese concepto, pero aunque fuese foráneo, apetece mucho esta calma sosegada, sin prisas; sobre todo cuando se vive en una gran ciudad, donde todo son carreras y ansiedad. Sales a la calle para dar un paseo tranquilamente, y te envuelve una turbamulta que aunque no quieras, cuando te das cuenta, te ves andando tan deprisa como ellos. Te dices !pero qué hago yo a toda pastilla¡, si no tengo necesidad de llegar a una hora, si hago un paseo relajado. Y es que te contagias enseguida. Una cosa tremenda, oye. Nada más que veas a la gente cómo compra y arregla casas de los pueblos; que te dices, ese hombre tira el dinero, está loco al invertir en un pueblo. Pero para él es una inversión en calidad de vida y salud.
   -Decimos nosotros que bien está algo, pero no tanto. –Poco amante del maniqueísmo, hago saber a Anselmo la idealidad de mi pensamiento-. Por pedir que no quede. No obstante, sin dudar me pido esto! Si vas un día a Palencia y al llegar a casa como que entra uno en la gloria ¡
   En estas nos hallamos cuando distingo a lo lejos una silueta rara, que por desconocida me llama la atención; pero tan distante se encuentra, que no doy más importancia.   
   -¡Qué raro se me hace verte por aquí, separado del grupo, señor Filiberto¡
   Y le cuento la curiosa historia que ya sabemos.
   -Raro en verdad si es. No falta más que te nos metas a detective.-Mirándome con afectación de risa, y sin cuidado de disimular prosigue.- ¡ Filiberto investigador privado¡ -No se recata en soltar una sonora carcajada mientras me palmotea la espalda-. Bueno, ¡se puede saber cuales son los resultados de tus pesquisas¡
   -Tengo una grima que no la puedo aguantar, qué quiere que le diga. ¡Vamos, que si ha sido uno del pueblo el autor de semejante estulticia…¡ Pero… quien puede ser. No entiendo nada, desde luego.
   -Pues si tú no lo entiendes que lo has investigado…-me dice inclinando la cabeza hacia abajo, para mirarme por encima de las lentes, a la vez que sube las cejas como queriendo levantar los ojos, y estallando en sonora carcajada-. ¡Ay que risa madre mía¡ -Se da cuenta de la leve displicencia que dibuja mi rostro, y dice-. Perdona Filiberto, comprendo que el asunto no tiene gracia, pero verte de detective a tus años…
   Y otro ataque de jocosidad, al que claro veo no puede dominar, por lo que me hace sonreír hasta a mí.
   -Ríase todo lo que quiera y a sus anchas. No vaya a pensar que me va a molestar; faltaría más. Pero me intriga de donde puede haber salido ese veneno…

3



    Sobre tres horas haría cuando terminamos la partida, y nos fuimos todos a casa para cenar, que era de noche cerrada. Nuestros caminos se bifurcan para llevarnos a diferentes puntos del pueblo. Cuando entro en casa compruebo con sorpresa que la cena se encuentra en la mesa; luego entiendo este extremo cuando mi mujer me dice:
   -Vamos Filiberto, ¡o es que ya no te acordabas de que tenemos que ir a acompañar a María¡! Venga, espabila ¡
   -Todavía es pronto mujer, tiempo tendremos toda la noche de velar.
   Salimos a la calle después de cenar, no sin abrigarnos bien, pues el frío de la noche de invierno se deja sentir. Enfilamos por la calle Real arriba, y a medida que nos acercamos comprobamos que la calle está animada inusualmente. Entramos por el cuarto carro, lo atravesamos, así como el enorme patio, y entramos en el cuarto alto. Cruzamos con gente cada vez en grupitos más densos, hasta la sala; la cual se encuentra llena. Todo su perímetro está atestado de sillas, sobre las que se sienta la gente a turnos. En el centro, una mesa cuadrada extensible soportando algún librillo y papeles varios. Saludamos a los asistentes, y una ristra de rostros compungidos nos devuelve el saludo.
   -Te has dado prisa para cenar, Filiberto.
   -No te diste tu poca, Carlos. Además, ya sabes que para comer unas sopas de ajo y una tajada de pescado no hace falta mucho tiempo. –Le contesto en voz baja-.
   No bien dicho esto, un hijo de la moribunda se nos acerca, y después de saludarnos muy cariñosamente dice así:
   -No os quedéis ahí de pie, sentaos,- y nos acerca un par de sillitas-. Dentro de un ratillo rezaremos el Santo Rosario, por si a mi madre la hiciera falta, y si no, habrá almas que lo necesiten.
   Se ahoga su voz, sus ojos se tiznan de color sangre, y en sus párpados inferiores cintila la lágrima pugnando por salir.
    En este punto atenderemos a la conversación que entretiene a la concurrencia, por curiosa y por seguir el hilo de los hechos. Sorprendemos a Alberto.
   -¡Hombre, si se podría sacar el agua de las tierras no habría caso, eso ya lo sabemos¡ El problema estriba en que no se puede hacer en todos los sitios,…
   -Lo que te estoy diciendo es que si no se puede no pasa gran cosa, porque a la planta la pilla fuerte y aguanta bastante. Otra cosa es que el campo esté encharcado todo el invierno.
 Federico cortó a Alberto, y ahora Carlos hace lo propio con aquel.
   -Pues es el camino que llevamos, muchacho. Será el cambio climático.
   -El cambio ese, de momento, consiste en que nieva y llueve cuando le da la gana; ni más ni menos como siempre. -No esconde Procopio el tono irónico y burlón que suele imprimir.-En todo esto me huele a chamusquina.
   -Pues claro; como que son todos intereses económicos,- inserta José Luis como quien no quiere la cosa-! Si todo lo hacen las perras, bobo ¡
   -Algo de eso tiene que haber, pero cambio se ha dado en el tiempo, no lo vamos a discutir. -Honorato pone al servicio de todos su opinión-. Después de todo, aquellos inviernos de antes ya no vienen; ni aquellos veranos.1
   -Lo que ya no vienen son aquellos años, -dice Federico- ¡toma que cojorbas¡. Aquellos torreznillos de tocino ¡qué ricos sabían¡ y cuando la matanza, los pingajos de carne que se freían… era gloria bendita. Pero más que nada será que tenemos un montón de años sobrantes, y otro tanto de dientes menos.
   -Calla, anda, calla, deja de decir bobadas que estamos en algo muy serio. -La señora Eulalia reprende a su marido en voz muy queda, temiendo el trueque del velatorio a tertulia.
   Las quejas y protestas de Federico no le sirven de nada, y mientras tanto me levanto para ver un poco a la enferma, e interesarme por su estado. Paso al cuartucho que a duras penas acoge mi volumen, hasta que salen otros, y veo dos camitas, una a cada lado de la habitación; en medio una mesita. En la camita de la derecha está acostada de lado la señora María. Me acerco y percibo claramente su corto pelo todavía entrecano y su rostro moreno, flácido, con la boca abierta, en lucha con el aire que no quiere entrar, y de donde se escapan de vez en cuando lastimeros suspiros; otras veces ininteligibles galimatías. Sus manos y antebrazos pellejudos se escapan revoltosos del dominio de las sábanas.
   Es en este momento fatal, ante la contemplación de la pequeñez y de la miseria humana, cuando me asaltan profundos pensamientos. María nos deja en su cama, donde siempre quiso, rodeada de las mayores atenciones de sus hijos y de todos sus seres queridos, con la compañía y apoyo de su pueblo, con un legado de vida admirable, con la más limpia y pura conciencia… ¡Cómo serán estos postreros momentos para aquel que tenga deudas pendientes que saldar¡ ¡Que horribles tormentos padecerá¡. ¡Cuan grande llegará el arrepentimiento ante la visión de la muerte¡. En el acerbo de la vida, ¡qué diferencia encontrarse en medio de la ciega fatuidad, a hallarse ante la férula muerte¡ El tartufo y el egoísta, ¿adonde encuentra justificación a su execrable comportamiento? ¡Lástima de no tener a mano al sabio filósofo Panglós, que diera luz a mi rústico entendimiento¡. María se va con destino seguro al cielo, pero ¿qué será del malvado asesino que jamás sintió arrepentimiento ni compasión por el prójimo? Enfrascado en tales pensamientos me vuelvo abstraído a mi silla
    La charla, tras un corto amaine, se revitaliza. A Federico es al primero que oigo.
   -Pues aquella tuya que me linda contra abajo, la parcela de la Senara que hace como a pico, ha cambiao la vela. Estaba buenona, pero…se está quedando.
   Se dirige a Adolfo, hombre taimado y falto de pelo.
   -Ya la he visto ya. Esa parcela es muy fría, y por mucho agua va mal. De todas maneras esa herbicida me parece que ha sentao mal al campo. Todo ello tiene un algo que ha fallao, y yo lo achaco a la herbicida nueva.
   -Puede ser. -Creo saber que José Luis tiene parecido problema-. Estoy contigo que algo raro hay este año con la herbicida; y es que matando todo como mata, ¡cómo no va a dañar algo la planta¡
   -¡Qué no sabrán esas gentes, científicos o quien sea, para fabricar cosas así¡ -José Luis quiere interrumpir a Carlos, pero este logra imponerse-. Ten en cuenta que cuando algo sale nuevo, es normal que falle algo, hasta que cogen el traite.
   -Esto es como las cosechadoras y todo en general. –El brillo de los ojos de Federico y su sonrisilla pícara produce espanto en la concurrencia ante lo que está por venir-. Os acordáis de la máquina cosechadora, aquella primera que tuvo Simón… Pues resulta que me cosechó una parcela del Monte con un trigarral imponente. Llamaba la atención el trigo que tenía…, si lo recordareis bien vosotros. El caso es que iba en la máquina atando los sacos, como en una veldadora ya sabéis, lo único que cuando se llenaba el saco se ataba y se dejaba caer a la tierra y la máquina seguía andando sin parar. Venga vueltas y vueltas, y apenas se llenaban sacos. Yo pensé para entre mi que no podía ser, estando la tierra como estaba de buena. Termina de cosechar la tierra, bajo al torno, y veo que estaba la espiga con la mitad de grano. -No puede evitar una risa clara, máxime con el efecto de animación que suscitan su palabras y de lo que es consciente-. Le digo a Simón, “oye moreno, pero qué me has hecho, la tierra está sin cosechar estando en el suelo. No has apretado los trillos, o qué demonios ha pasado”. El otro mientras se baja de la máquina con cara de perplejidad me pregunta: “no fastidies; deja mucho grano o qué”. Y yo le digo abriendo los brazos, “mucho no, la mitad por lo menos”. Pues chico, cogimos y la cosechamos otra vez, metiendo el torno que dejó la máquina antes, y até cuatro sacos más que en la primera pasada, y todavía no lo cogimos todo, no vayas a creer. -El ambiente de hilaridad era muy evidente-. Diferente es ahora con la maquinaria moderna esta que hay. Por eso te digo que la quintada no te la quita nadie.
   La señora Eulalia le toca la pierna disimuladamente.
  -¡Mejor sería que te callaras un poco¡ Por Dios señor, mira que este hombre no poder callar, ya tendrá trabajo. -Mueve la cabeza para arriba y para abajo, manifestando la más viva desaprobación y continúa su alegato-. Ya le digo que siempre me tiene que dejar en ridículo delante de todos en estos sitios. ¡Que dirá la gente!, todos formalitos, y tú diciendo bobadas, Dios mío.
   Con aire de paternal fruición intercede un hijo de María.
   -Déjale mujer, no nos quieras quitar a nuestro Federico-. Y mientras acaricia amorosamente su hombro adquiere un tono de gravedad y se dirige a Juana-. Y ahora vamos a rezar el Santo Rosario, que si no la de mi madre, alguna alma ha de estar necesitada.
     Dicho esto, como algo preparado, comienza un nuevo Rosario que guía magistralmente Juana, y que todos seguimos devotamente. Acabado el panegírico me levanto. Mi intención es ver un ratito a María y estirar un poco las piernas. En el cuartucho reina fervorosa atención a la enferma. Un hijo, en su cabecera, la acaricia la cabeza, y a la vez, la limpia los labios con un pañuelo. De repente se quiere incorporar con un movimiento súbito. Un temblor convulsivo agita su cuerpo. Sus ojos se pierden en un laberinto impenetrable. Parece que una potencia física invisible, cansada de esperar el momento fatal, la hubiese cogido y la sujetara para terminar con ella sobre su lecho de muerte. Al fin cedió el encarnizamiento de la naturaleza enemiga; sus miembros flaquean, parece recobrar alguna conciencia. Apreta la mano de su hijo, quiere hablar pero le falta la voz. Resignada, su respiración se hace lenta y penosa. Pocos segundos después, María, había dejado de existir.
    -Ha muerto,- comunican; alguien dice “vamos a rezar por su eterno descanso, y que Dios la acoja en su seno”.
    Con consternación mal contenida, todos con fervorosa devoción rezamos: hasta la triste hora de la mortaja. Entrañablemente conmovedora fue la misa de entierro; pero esto, como todo, pasó; que el presente no deja de ser una fina línea en la que el mejor equilibrista no aguantaría un parpadeo.


 
2
    -Vamos a comer cada quien a su casa
   Y así es como el grupillo se va desmembrando en un dispersión lenta y pausada. En la puerta de casa me llega a la cabeza este pensamiento: “los tiempos de las sopas engrasadas con manteca y de los calzoncillos de concejo ya pasaron, pero ¡de qué nos vale¡ Lo que antes había en poco –si lo había- y cuando estabas malo –si acaso- hoy ni ganas tenemos de ello; si es que no te lo tiene el médico o los dientes prohibido”. Sea lo que fuere como con mi santa mujer, y me tiendo cuan largo soy en la trébede calentita, bien alforjada de ropones.
    Al poco rato oigo con los ojos cerrados y luego con ellos bien abiertos:
    -Filiberto, ¿piensas estar toda santa tarde tumbado? Anda por ahí con la camarilla. Arrea, que te vas a atontonar en la trébede.
    No pude menos de levantar, coger la boina, el tabardo, la cacha y salir a la calle, algo animado por la claridad que ofrecía la tarde. Al remanso, casi hasta calienta. Enfilo la calle, y advierto la inconfundible silueta de Alberto Bambré. Cuerpo pequeño en cuanto a corto, pelo blanco y escaso tapado por la boina algo pequeña y vencida a izquierdas. De rostro blanco algo tiznado de colorete, sonrisilla entre traviesa y socarrona con expresivos ojos azules. Lleva tabardo con el cuello subido y las manos hundidas en sus bolsos. Debido a la diferencia de paso, luego me pongo a su altura.
    -¡Buenas, Alberto! Parece que llevas frío; con la tarde tan buena que hace hoy.
   -¡Eso parece! El caso es que ando como escalofrío. Echo la culpa a esa vacuna de todos los demonios de –la gripe A- que nos pusieron la semana pasada.
   -De todas maneras, fíjate al doblar la esquina cómo sopla. Y eso que el aire viene de gallego.
   -Me di cuenta. Y también que las nubes son cada vez más gordas. Mucha carga sale por allá.
   -Esta mañana el asunto –se refería a la solana de la mañana- ¿estuvo animado? Lo digo porque he visto ocupados a unos cuantos y pensé que había poco jaleo.
   -No hubo mucho personal que digamos, pero lo pasamos bien, sobre todo, con esto de la pista esa. Este Pablo es la órdiga, -el recuerdo le trae la sonrisa a la cara-.
   -¿De qué pista hablas? –pregunta impaciente, picado por la curiosidad.
   -De esa que preparan para que aterrice la avioneta.
   -No me la mientes –y sonríe entre algunos aspavientos-. Venía yo por la Cañada de abajo, cuando un ruido fuerte por detrás me asustó. Claro, al tener los oídos un poco duros, y hacer tanto ruido, me digo, ¡qué podrá ser¡ Y yo notaba –poniéndose serio prosigue su narración- que se acercaba rápido.
   -Por poco te asustas tú, -le interrumpo secamente con ánimo de chinchar un poco.
   -¡Quiá! Yo que me vuelvo –va aumentando el volumen de su voz, así como la rapidez de su locución- y veo una avioneta venir directa hacia mi en vuelo rasante… Cuando llega cerca de donde yo estaba, sube hacia arriba que se mata, -acompaña con un frenético gesto con el brazo.
   -¡Hombre, no será para tanto!
   -No subió ese chisme hasta cerca de donde estaba yo, como te digo.
    Nos reímos un rato a cuenta de tal situación y entretanto llegamos a la carretera donde ya hacía espera Jeremías, con la boina en horizontal, mirada como miope y porte gallardo en otro tiempo.
 
   - Buenas tardes, y buena siesta, por lo que veo.
    -Lo que pasa es que tú comes a la hora de las gallinas y luego no paras en casa.
   -Ya sabéis que madrugo pa todo. Salgo pronto y entro pronto.
   -Oye Jeremías, no sabrás si han pagado todos esos el agua . –Le escruté con pocas esperanzas de éxito-.
   -No sé nada, no.
   -Dicen que alguno no paga el gasto del agua hasta que los labradores no paguen el agua que sacan del depósito de la herbicida, –dice Alberto el cual denota incomodidad ante tales asuntos.
   -Yo digo que por veinte mil pesetas que gastan al año de agua los labradores, ni eso se les puede regalar, hombre… después de que son ellos los que sostienen los gastos del pueblo. ¡Qué ignorancia!
    Eso dice el apasionado Carlos, que así, de este modo se incorpora a la tertulia ya animada; causa de que no advirtiéramos su llegada.
   -Ahora toca un poco de política, -advierto yo-, pues hoy no entramos por estos berenjenales.
   -Aquí ni berenjenales ni narices. -Carlos va perdiendo el tono serio y se trueca por tufillo de broma y chanza- Y si hay que poner a Zapatero o a quien sea, a caer de un burro se le pone, mira que…
    No se notaba a Jeremías molesto por el rumbo que tomaba el coloquio. En cuanto a Alberto, yo diría que le agradaba.
   -Bien estaría que se metieran con Zapatero, y si fuera la oposición, mejor.
   -Es mejor que nos hagan de todo, y nada bueno, y como que tal cosa, –exclama el acalorado Carlos.
   -No nos quejemos tanto, al fin y al cabo, estamos en una democracia y tenemos lo que nos mereceremos.
   Se me ocurre comentar, haciendo un poco de abogado del diablo, a lo cual contesta Carlos ya encendido.
   -Lo que somos es un atajo de tontainas; es como se explica que nos den lo que tenían que quitar según prometieron, como el paro, el aborto, tropas a la guerra de Afganistán; y nos quiten lo que es su deber conservar y mejorar en lo posible, como los crucifijos en las escuelas, que es lo mismo que nuestra cultura de la civilización occidental cristiana, unas relaciones exteriores fuertes, el tejido productivo, entre otras.
   -Eso es como todo –intercede Alberto- a unos les gusta y a otros no. Ya se sabe que los colores son para agradar a todos los gustos.
   -Cuatro palabrillas que no sabe ni él lo que dice y cuatro mentiras, y todos contentos. Bien es cierto que esta gente eleva a categoría de arte la demagogia, el discurso fofo, vacío, y sin sentido.
    El cielo se encapota, se entristece la tarde. Las nubes parece que aminoran su veloz carrera, y a ras de tierra el “gallego” arrecia húmedo. Se hace molesto el viento que de cara pega. Lo hago notar a los demás, y con su aprobación decidimos adelantar la partida en el bar “los moteros” para prevenir cualquier mojadura. Uno de los asistentes, Jeremías González, una vez abierta la marcha comenta:
   -No sabemos cómo se estará en el caseto de espera del bus. Podíamos meternos a dar un poco tiempo.
   -Cómo se ha de estar –apostrofa Carlos burlón, -a quien la idea de retrasar la partida no le hace ninguna gracia- ¿Sabes cómo se está en la Venta Perales? Vayamos al bar que a poco, se ha de estar mejor.
    Y así es como termina este día de tertulia solariega, siendo floja de asistencia, pero instructiva como siempre.


1
    A las diez de la mañana, en un tiempo otoñal como éste, aún no se han desperezado los “no activos” del pueblo. Los
días se acortan sensiblemente. El sol se oculta ya cerca de Valdarina, desde Valdeazme que lo hacía allá por junio y julio. El campo está sembrado y nacido.   A éste le divide la carretera en dos “hojas”, –que ya no rigen-, la hoja de arriba al NO y la hoja de abajo al SE. Los chopos apenas ostentan un puñado de hojas zalameras en lo alto de la copa. Con las noches, ya muy largas, hay que aprovechar los ratos de sol para la charla con los vecinos. Pausadamente, sin prisa, me dirijo a la carretera donde tenemos la solana; el sitio donde nos juntamos los viejos del pueblo para hablar y pasar el rato, y que es variable, según apetezca sol o sombra.
  
Llegado el momento de presentarme, juzgo descortés posponer tan necesario deber. Filiberto Cortázar es mi nombre, no menos de sesenta y tantos años, todos ellos vividos en Villambroz. Aunque no tenga la edad de jubilación, lo cierto es que lo estoy desde hace unos años por invalidez. Dicen que tengo un semblante correcto, algo rojizo que se acentúa en los acaloramientos de las discusiones, humilde sonrisa y corto cuello. A veces gasto sombrero de ala corta, habitualmente la boina común. Mi porte es curioso: pasos largos, con el pie que adelanto al andar parece que piso clavos e intento que no traspasen la suela del zapato, dando al acto un tinte de exageración. En las cadencias bajas se balancea el cuerpo y en ritmos vivos los brazos acompasan su movimiento ostensiblemente. En la mano derecha porto una cachava que vuela airosa, haciéndola sonar contra el suelo de vez en cuando. Para expresarme oralmente me cuesta Dios y ayuda. En mi mente veo claro lo que quiero decir, pero no puedo sino cambiando el nombre a las cosas. La gente de Villambroz ya conoce mi particular lenguaje, y aún así, a menudo me desesperan hasta que les hago entender algo por todos los arrodeos y vericuetos por donde les llevo. Yo mismo, lo reconozco, me vería gracioso cuando no atino a nombrar una cosa o persona, e intento hacerme comprender. Cuando esto me cuesta se me agudiza la bizquera.
 
    Estando en la calle Real, desde la travesía que nos trae de la plaza, ya observo movimiento de gente hacia la carretera.
Distingo claramente a Honorato de la Horna y a Pablo Llorente, a pesar de la catarata.
 
    El primero con la pierna derecha de palo, amputada la suya por la rozadura de un zapato. Su boina ladeada a la derecha
cubre una gran calvicie. Cabeza pequeña, ojos penetrantes y despiertos –el derecho con la pupila blanca y buena parte del iris-, nariz afilada y tez moreno-rojiza. Da un aire de ser poseedor de cierto abolengo ancestral, improbable, por cierto. Para andar coge la pata de palo con la mano derecha, a la altura del bolsillo y la mano izquierda maneja la cachava.
 
    El otro es Pablo, zambo, corto de piernas, cabeza grande y orejas en proporción. Vivarachos y claros ojos, nariz prominente terminada en punta redonda y chata. Del surco vertical de las comisuras de los labios emergen las mejillas, y los labios son gruesos y poco definidos. Panorama general del rostro, colorado por el rojo de la sangre sobre tez blanca, sin apenas arrugas; e impresión alegre y dicharachera; bromista consumado. Sus largos y robustos brazos terminan en unas manos que en total suman trece dedos.
  
Ambos personajes son muy amigos y suelen estar mucho tiempo juntos.
    -Buenos días, pareja. Parece que habéis madrugado mucho hoy.

-Buenos días por la mañana, señor Filiberto. Yo, en cuanto preparé un poco los garbanzos, me salí a las huertas. No vi más que a Adolfo que pasaba con las mulas, y me senté en la peña. Pero este “gallego” que se ha levantao me retiró, y después fui a buscar a éste –se refiere a Pablo-, y como ya salía, nos vinimos pa cá.
  
Honorato parecía más alegre, con la cara más picuda de lo normal.
  
-Es que la mujer nos echó malpadeciendo, decía que ya que no hagamos, no estorbemos.
  
Pablo termina su chascarrillo con una sonora carcajada, dejando ver los cuatro dientes que le quedan. Sabido es que él de soltero no pasó, y Honorato enviudó hace años. Este último decide continuar el lance.
  
-A Filiberto sí le habrá empontigao la mujer. Y como no tiene que hacer la comida ni nada…
  
-Pues mucho que tendréis que hacer vosotros. ¡Qué te parece, Carlos!
  
Carlos Manuel López aparece por el otro lado de la esquina. Estatura normal, algo chaparro, cabeza grande tapada por chapela, y muy curtido su moreno cutis; casi negro.
  
-Estos no saben que da más trabajo la mujer que ninguna otra cosa.
  
Y las comisuras de los labios se van para atrás agrandando la boca, a la vez que las arrugas de los ojos se pronuncian, fabricando una sonrisilla socarrona, especialidad de la casa.
  
-Chifláis mucho porque nadie os traba y hacéis lo que os da la gana.
  
Cortando con premura de raíz este tema, se me ocurrió lo siguiente.
  
-No se ve movimiento de tractores, así que terminarían de sembrar. Lo que se alcanza a ver, no puede ser mejor, –alzando la cacha y agitándola, apunto al horizonte-. Hace falta saber cómo anda la cosa por allá.
    -Digo yo que si hay buen campo por aquí, qué más dará por Pirueque, Tierrasantos o la Cueza; ¡también tú! –increpó
Carlos algo despectivo con las manos en los bolsos-.
    De notar es que ya no hay hojas de barbecho ni de siembra. Ahora siembran todo lo que pueden, según necesidades de la PAC; gracias a que se abona mucho y la tierra aguanta varios años seguidos de cosechas.
  
- Parece mentira, Carlos, que no sepas la diferencia que suele darse de la Cueza…
  
-Buenos días, señores. Están poniendo esos cartelones ahora; nunca es tarde si la dicha es buena.
  
La conversación así se cortó por la llegada de quien estas palabras dice; que no es otro que Federico Buendía. ligeramente inclinado hacia adelante, estatura más bien alta, a pesar de la mengua de la edad, ya en el tramo octogenario. La cabeza tira a pequeña y a despoblamiento alopédico, con espesas cejas y más negras de lo normal, según el tono de la canicie del pelo.Rostro expresivo, afable y alegre. Este es Federico, autor de continuos chascarrillos. Se incorpora al grupo con su andar característico; garboso y como a balanceo.
    -Digo que les va a importar tanto poner los carteles del “Plan E” ese, como hacer la obra, ¡qué joíos! Qué falta haría tanto cartel pa estas obrucas.
  
-El hormigón que han echao delante de las escuelas bien está. Así como los tubos del desagüe los han puesto un poco altos –superficiales-. Vamos, que si aran los praos los machacan con los araos.
  
Esta aserción sale por boca de Honorato, entendido él en ésta y otras muchas cosas; aprobado por un murmullo de asentimiento general.
    -Buenos días
  
Se oyó a Pablo que se percata el primero de la llegada de Damián Ferrán. Ya es raro que aquél calle tanto rato.
    -Y el escribano, ¿qué dice de todo esto?.
  
-Pues dice que no aren los prados, y así no estropean los tubos del desagüe.
    El tufillo a broma es patente.
    -Bonita solución. Como nadie les controla, demasiao que vaya el agua pa bajo, -salta Carlos, mientras extiende el brazo
apuntando al río.
  
-Pues, qué bobo, estas obras del Ayuntamiento… serán los concejales los que tendrían que haber mirado algo por la cosa.
  
Quien así habló es político, en grado de vocal de la Junta Vecinal, Federico Buendía. Al último incorporado voy a presentarle como corresponde.
  
Damián Ferrán nació en los albores del siglo XX. Su oficio es lo que yo llamo escribano. Los permisos, solicitudes, licencias, escritos y legajos, fueron su medio natural hasta hace poco. Hombre leído, conserva la capacidad intelectual sin merma alguna. No podía dejar de intervenir en este punto de la charla, para darnos a conocer su ducha opinión, no sin antes ajustar las antiparras en su exacto lugar.
  
-Estas obras oficiales, pagadas con dinero público, tienen su proyecto y sus memorias de valoración y de calidades. Hay unos señores, llámense arquitectos o ingenieros, que son responsables de…
  
-Si eso estará bien, hombre de Dios, lo malo es que luego la obra la hacen como quieran los albañiles o quien sea; toma qué cojo… – suelta Federico enderezando el cuerpo para atrás, hasta conseguir la verticalidad.
  
-¡Seguro¡ Luego vienen los peritos a revisar la obra, -acalorándose el leguleyo- y lo que está mal se lo hacen quitar y hacerlo bien. O es que no has visto los agujeros que hacen en el hormigón de las calles; eso es para medir el
espesor de la capa, la calidad de los áridos y la cantidad de cemento por metro cúbico.
  
-Ya veremos quien les hace levantar los tubos y meterlos más abajo
Esto interpone Carlos Manuel López con mucho aplomo y una sonrisa morena y burlona dibujada en su rostro.
Entre éstas, otras disertaciones, ora zaragatas, pasa el reloj de la una de la tarde. Un coche por la carretera pasó velozmente, visto y no visto. Este hecho da pie a Damián para arreglar este grave asunto.
    -Mírales¡cómo pasan los coches por los pueblos¡ Menos mal que el límite de velocidad está en cincuenta, que si no,
pasaban volando. Luego dicen que andan los guardias rabiosos poniendo multas.
  
-Pero que a estos pájaros no les cogen, mira tú, -Pablo se refiere al que pasó a toda velocidad y a tantos otros de símiles comportamientos- Pasa que atrapan al que menos lo merece. Además, atrapa a ése, ¡anda!; búscale por las
patadas.
  
-No les pasa nada al que no le pillen, y al que le agarran en una de éstas, no le quedan acordaderas. 
   Diciendo esto Damián, los pliegues de la cara le vibran, y la verruga que en ella emerge se cinga temblona. Pablo, que
desde que oyó a Damián lo de que “pasaban volando” quería entrar en el tema, no pierde ocasión en esta pequeña tregua en el parloteo.
  
-Ahora que hemos de tener aeropuerto, quién quiere coches ni carreteras. Lo malo que hasta que Saldaña no se modernice y nos prepare otro aeropuerto, tendremos que aterrizar los martes en el campo de fútbol.
  
Pudo terminar su análisis a duras penas, pues un gran ataque de hilaridad lo amenizó en extremo. Mientras carcajea ruidosamente, arquea el cuerpo hacia atrás, y luego lo flexiona hacia adelante, golpeándose las rodillas con ambas sobrecargadas manos. La concurrencia toda, también estalla al unísono en sonora carcajada. De repente Pablo se queda totalmente serio. Se diría que una guillotina cortó la risa, y ante la sorpresa general exclama:
    -Ahora bien, yo no pienso hacerlo al raso y con los coches pasando por la carretera; hay que exigir unos servicios en
condiciones. –risas de los presentes- No digamos si es una señorita la que está esperando el avión y la entran ganas… Sin un poco baño no podemos estar, desde luego.
  
Y se queda tan fresco, haciendo que esta volubilidad aumente la gracia de lo dicho; táctica común de este humorista. Para que el lector se sitúe como debe y no juzgue, sin ser ello tan extraño o heteróclito, veo llegado el punto de aclarar eso del aeropuerto. Al Norte de la carretera, siguiendo ésta en dirección Saldaña, en un pago llamado Lagún de Lagartos, a un kilómetro aproximado del pueblo, un terreno se encuentra delimitado por una cinta de plástico, sujeta por astillas de madera. Al comienzo de la zona hay varios montones de tierra y escombro, que, al parecer, son para extender y así allanar
el terreno en cuestión. Con la tierra allanada y pisada adecuadamente, se obtendría una pista para el aterrizaje y despegue de la avioneta de un hijo del pueblo, muy dado a tales deportes. Este es el aeropuerto del que tanta punta saca el buen Pablo.
  
En estos retozos algunos oímos:
    -¡Bueno, señores, hoy no comemos o qué!
 
    Quien esto dice llámese Luís José Cantudo. Cabello negro peinado para atrás, estilo años cincuenta, barba afeitada y
tupida que destaca del cutis moreno, mirada pícara, cuerpo menudo y vertical, cabeza altiva. Como ahora, suele andar con las manos cogidas una a la otra por detrás del sacro; a veces las manos a una vara atravesada en vez de coger la
una mano a la otra muñeca. De apartar las ovejas viene y a casa se dirige, como hora que es de comer. Honorato es el primero que se agita.
    -Sí, que se nos mete el tiempo y tenemos que preparar la sopa pal cocido. 

-Ya estamos otra vez con el mismo cuento.

A éste Carlos no se le podría contratar para claque.

AMANDO VELASCO GONZÁLEZ
 

(continuara...2)
 








Añadir comentario acerca de esta página:
Tu nombre:
Tu dirección de correo electrónico:
Tu página web:
Tu mensaje:


-----------CONTADOR DE VISITAS--------- comenzó a contar el 18 mayo 2014
______________________________ contador de visitas para tumblr
________________________________
hoy habia 18800 visitantes (112659 clics a subpáginas) ¡Aqui en esta página!
=> ¿Desea una página web gratis? Pues, haz clic aquí! <=